El trastorno bipolar es una enfermedad del estado de ánimo caracterizada por cambios cíclicos entre episodios elevados de ánimo (manía o hipomanía) y episodios bajos de ánimo (depresión). Es crónico, recurrente y puede afectar relaciones, trabajo y vida cotidiana. (Clínica Universidad de Navarra)
La causa exacta no está demostrada científicamente de forma definitiva —no hay un solo elemento causal confirmado con bases duras—, pero la evidencia científica indica:
Estrés severo, traumas, alteraciones de sueño, abuso de sustancias y eventos vitales importantes pueden desencadenar episodios en personas con predisposición genética. (NIMH)
Predisposición genética. Variaciones neurobiológicas. Interacción con factores ambientales. Y, sobre todo: la causa precisa aún no está definida con evidencia experimental directa. (NIMH)
El consenso actual en neurociencia y psiquiatría es que el trastorno bipolar es multifactorial: no hay un único origen. Se considera que la combinación de genes + neurobiología + entorno crea la vulnerabilidad a desarrollar la enfermedad. (Lecturio)
Desde mi experiencia con manías en Trastorno Bipolar tipo I (TAB I), y también con hipomanías —lo que me ha permitido comprender mejor el espectro del TAB II— puedo decir lo siguiente.
Según literatura internacional, alrededor del 1% de la población mundial presenta Trastorno Bipolar, siendo una de las principales enfermedades invalidantes a nivel global. Además, hasta un 5% podría ubicarse dentro de algún punto del espectro bipolar.
Desde la teoría científica, no existe una causa única demostrada. Sin embargo, pueden inferirse algunos mecanismos probables.
El TAB I se caracteriza por episodios de manía que pueden durar semanas o incluso meses. Luego sobreviene el ciclo depresivo bipolar, muchas veces de intensidad equivalente.
Imagina a una persona inquieta por naturaleza, interesada en deportes, lectura e investigación. Un día, progresivamente, comienza a activarse una manía. Duerme seis horas, luego tres, luego una. Puede llegar a dormir treinta minutos por día durante semanas. En algunos tramos permanece despierta tres o cuatro días consecutivos. La mente simplemente se acelera.
A nivel neurológico, es plausible que exista una hiperactivación de sistemas relacionados con dopamina, noradrenalina y adrenalina, junto con una alteración profunda del ritmo circadiano y la regulación de melatonina. La persona se convierte en una “locomotora sin frenos”.
Cuando la manía se intensifica y aparecen días sin dormir, puede surgir psicosis. La manía ya implica una desconexión parcial de la realidad, pero en la psicosis esa ruptura se vuelve más extrema: pueden presentarse alucinaciones visuales o auditivas.
Esta desregulación bioquímica rompe el equilibrio homeostático, especialmente a nivel cerebral. Se pierde el criterio. Se toman decisiones altamente osadas, conflictivas e impulsivas. Se afecta al círculo cercano y eventualmente a terceros. La persona se percibe invencible. Sus capacidades físicas parecen acompañarla. La mente genera decenas o cientos de ideas al día, muchas de las cuales intenta ejecutar.
Algo que pocas veces se explica con claridad es que la bipolaridad no afecta solo al cerebro, sino al cuerpo completo.
El cerebro es el órgano que más glucosa consume. En un estado maniaco severo, el gasto energético puede ser enorme. El cuerpo entra en un estado de sobreconsumo: se queman grasas, puede perderse masa muscular, el cuerpo se afina, la movilidad aumenta, los reflejos se aceleran. En comparación con la eutimia (estado estable), la persona puede sentirse físicamente superior.
¿Crees que alguien querría salir voluntariamente de ese estado? La respuesta suele ser no.
Además, puede aparecer hipersexualización. Todo lo que genere placer, estímulo o emoción intensa alimenta la manía. Algunas personas recurren a estimulantes como alcohol, tabaco o cocaína. La marihuana también puede ser altamente perjudicial en este contexto.
Importante: no todos los casos se manifiestan así. Estoy describiendo un TAB I en su forma más extrema.
En internet abundan recomendaciones simplistas: “duerme más de 10 horas”, “no hagas deporte”, “evita estímulos”, “descansa”. Pero cuando alguien está desconectado de la realidad, no posee el criterio para aplicar esas indicaciones.
Una vez que el episodio maniaco se desencadena plenamente, no siempre existe un freno voluntario. El cerebro eventualmente cambia de polo. No se vuelve a la normalidad: se entra en la depresión bipolar.
La depresión bipolar no es una tristeza común. Es un sufrimiento profundo, muchas veces acompañado por la conciencia dolorosa de todo lo ocurrido durante la manía.
Desde el punto de vista clínico, se estima que entre un 15% y un 20% de las personas con Trastorno Bipolar fallecen por suicidio a lo largo de su vida, y entre un 30% y un 60% realiza al menos un intento. Es uno de los trastornos psiquiátricos con mayor riesgo suicida, muy por encima del promedio de la población general.
A nivel físico, también quedan secuelas: heridas en manos y pies, agotamiento extremo, tos persistente en algunos casos, deterioro general del organismo. Muchos de estos daños se evidencian cuando comienza el descenso hacia la fase depresiva.
En Chile, la negligencia y el desconocimiento profesional pueden ser significativos. He escuchado afirmar que el TAB “no es una enfermedad, sino una condición”. El Trastorno Bipolar es una enfermedad mental grave. También existe una tendencia a romantizarla como creatividad o energía extraordinaria. Pero perder el criterio no es creatividad: es perder contacto con la realidad.
Se suele mencionar a figuras históricas como Van Gogh o Winston Churchill en relación con la bipolaridad. No existe evidencia diagnóstica concluyente. Van Gogh se mutiló una oreja; no es un acto imposible dentro de una psicosis. Churchill describía periodos de energía intensa seguidos de agotamiento profundo. ¿Fue bipolar? No lo sabemos. Pero una persona en manía severa, en general, no toma decisiones racionales sostenidas.
Si tú o alguien cercano presenta síntomas compatibles, no mires hacia otro lado. Busca un profesional con experiencia real en Trastorno Bipolar. Son pocos, pero existen.
Llevo quince años luchando contra esto. Ha sido extremadamente difícil. Hace cinco años mi trastorno alcanzó un nivel que parecía no tener retorno. Si hubiese encontrado antes un profesional adecuado, probablemente no habría atravesado ciclos tan extremos. Un buen psiquiatra, junto a un psicólogo especializado en TAB, pueden estabilizar a un paciente adecuadamente en cuatro a seis meses, no en años.
No empezó con caos. Empezó con “estar mejor”.
Dormía menos y aun así sentía energía limpia. La mente le corría más rápido, las ideas parecían perfectas, la confianza se volvió absoluta. Al principio, nadie lo llama enfermedad: lo llaman “motivación”, “inspiración”, “voluntad”. Pero el TAB I no avisa cuando cruza la línea. Un día ya no es entusiasmo: es aceleración. Y después deja de ser aceleración: es pérdida de criterio.
Cuando el sueño cae a casi nada, el cuerpo sigue caminando como si fuera invencible. La realidad empieza a doblarse. Los límites se vuelven opcionales. La persona ya no se pregunta “¿esto tiene sentido?” porque su cerebro se lo responde todo con certeza. Y cuando llega la psicosis, ya no hay discusión interna: hay convicción.
Ese fue el punto donde todo se quebró.
La ciudad no vio “un episodio”. La ciudad vio a alguien haciendo daños por todas partes: rayados, destrozos, conflictos, una secuencia de actos que parecían deliberados. Los lugares más importantes, los más visibles, los que hacen ruido. Lo que desde adentro era una mente fuera de control, desde afuera era simple: delito.
Lo capturaron.
Y ahí ocurre algo que muchos bipolares subestiman porque nunca lo han vivido: el sistema penal no es una sala de urgencia. No es un box clínico. No es un lugar diseñado para que “entiendan tu diagnóstico”. Es un lugar donde tu fragilidad se huele.
Los primeros dos días fueron una lección brutal. No hubo compasión, ni contexto, ni “está enfermo”. Hubo palizas. Duras. Repetidas. Encerrados en una celda, con gas irritante flotando en el aire, sin agua, con el cuerpo temblando más por miedo que por dolor. La psicosis no protege: te expone. Porque en ese estado no negocias bien, no calculas, no lees el peligro. Reaccionas. Y reaccionar mal ahí se paga al minuto.
En ese mismo encierro pasan otras cosas que nadie te cuenta cuando te dicen “pide ayuda”: robos, extorsión, conflictos con los mismos reos que comparten espacio contigo. Te quitan lo poco que tienes. Te prueban. Te miden. Te empujan a responder. Y en la cabeza, una idea empieza a crecer con fuerza: “mi familia no tiene idea de dónde estoy metido”. No es una frase dramática. Es la primera vez que sientes de verdad lo que significa “perder el control de tu vida”.
Después de cuatro días en patio, el sistema hizo algo que parecía un giro humano: lo trasladaron al hospital penal.
Ahí lo aislaron al principio: una habitación, sin estímulos, con supervisión. Luego lo integraron con otros pacientes psiquiátricos judicializados. Había rutina, medicación controlada, enfermeras y TENS pendientes de que tomara lo indicado, apoyo de psiquiatra y psicólogo. Dos meses donde el cuerpo empezó a bajar revoluciones, donde la mente volvió a tocar el suelo. No fue mágico, pero fue real: estabilización.
Y en ese punto, cualquiera pensaría: “ok, se entendió. Era enfermedad. Era TAB I. Se trató como corresponde.”
Pero la cárcel tiene una bisagra: el peritaje.
El peritaje no fue una discusión clínica profunda sobre un historial completo. Fue un informe que decidió qué versión de esa persona iba a existir ante el juez. Y ahí ocurrió lo más peligroso de todo: se omitieron antecedentes formales. Informes históricos de un centro público de salud mental. Una hospitalización previa. Una garantía estatal vigente por trastorno bipolar. Tratamiento documentado. No se integraron como determinantes. Se dejó un vacío.
Y cuando un peritaje deja un vacío, el sistema lo llena con lo que más le conviene: una explicación que haga el caso más simple.
La conclusión fue devastadora: que no existían episodios maniacos claros, ni mixtos, ni depresivos atribuibles a bipolaridad; que tal vez había un trastorno de personalidad; que la persona debía responder como alguien plenamente consciente.
En la práctica, esa frase hace desaparecer años.
No borra el diagnóstico del mundo, pero lo vuelve irrelevante donde más importa: en tu destino inmediato. Porque cuando el sistema decide que “no es bipolar” en el informe, deja de ser paciente y vuelve a ser reo.
Y entonces vino el segundo golpe: lo sacaron del hospital penal.
Lo reubicaron en un módulo de población penal mediana/alta peligrosidad. Un lugar donde la violencia no es un concepto: es clima. Donde hace poco habían asesinado a alguien. Donde dormir no es descanso: es vulnerabilidad. Donde cada día es cálculo, tensión, alerta. Y donde la enfermedad, si vuelve a subir, se vuelve una desventaja mortal.
Ahí es donde el TAB deja de ser “un tema de ánimo” y se convierte en un riesgo existencial. No solo para él: para su familia. Porque cuando alguien entra en ese circuito, también arrastra a quienes lo aman: por miedo, por vergüenza, por impotencia, por trámites, por visitas, por amenazas, por la sensación de que todo se puede romper otra vez.
Esto es lo que un bipolar tiene que entender sin poesía: la manía psicótica no solo puede destruir tus relaciones o tu trabajo. Puede meterte en un lugar donde tu diagnóstico no te protege, donde tu historial puede ser ignorado, y donde el costo de un episodio es físico.
Si estás jugando con la medicación, si estás negociando con el tratamiento, si estás pensando “yo lo manejo”, esta es la bofetada: hay fases en que ya no manejas nada. Y cuando pierdes el control, el sistema no te pregunta “¿cómo te sientes?”. Te clasifica. Te procesa. Te mueve de un lugar a otro. Y a veces lo hace como si tu enfermedad no existiera.
Si notas el patrón temprano —menos sueño, más velocidad mental, más impulsividad, más grandiosidad— no lo celebres. No lo romanticen. No lo escondas. Pide ayuda especializada antes de que el episodio decida por ti.
Porque el día que la realidad se quiebra, no estás a “un mal rato” de distancia.
Estás a un expediente. A un peritaje. A una celda.
Alejandro, amigo mío, que me enseñaste el valor de la amistad sin discriminación en tan poco tiempo, cuando luchábamos juntos en esa clínica por el mismo diagnóstico: estés donde estés, algún día volveremos a vernos. Quienes te conocimos, te recordamos.
Estas organizaciones pueden complementar el tratamiento clínico con psicoeducación, redes de apoyo y orientación para pacientes y familias:
Documental sobre trastorno bipolar y adicción a opioides a través de la vida del tricampeón mundial de surf Andy Irons.
Tráiler con mejor resolución: Ver tráiler en YouTube. En la descripción de este video encuentran los datos sobre las plataformas donde está disponible la película para descarga digital.
Película completa (en inglés):
Ver película completa
Para verla con subtítulos en español, búscala en plataformas oficiales como Amazon u otras según disponibilidad en tu país.
Comedia romántica con contexto realista: tras una noche intensa, él se interna para intentar conquistarla, y descubre la vida dentro de una clínica psiquiátrica.
Link directo: Ver en YouTube
Si deseas explorar una representación narrativa del trastorno bipolar en interacción con la inteligencia artificial, existe una obra de ficción que aborda estos temas desde una perspectiva psicológica y filosófica.
El colapso de la razón – El hombre que se perdió en su creación
Arkady Faber
“La frontera entre la herramienta y el colaborador nunca ha sido más permeable. La Inteligencia Artificial ha dejado de ser un conjunto de algoritmos en un servidor para convertirse en un espejo de nuestras propias mentes.”